
Cowboys, jóvenes de piel dura que vivían más preparados para hablar con los bovinos que con los hombres. Sus canciones eran de nostalgia, a la mujer que estaba lejos, y de silencio, frente al firmamento sin límites.
Sus instrumentos eran, en el mejor de los casos, hijos de aquellos que habían sido importados desde Inglaterra y Francia, en otros casos eran objetos comunes como botellas y frascos, placas metálicas y tablas para lavar los jeans, escobas y cubos de madera pesada. Cosas pobres, objetos de campamento, porque el Country es viejo como la carrera por el oro, era como la banda sonora de los pioneros, de los primeros buscadores de petróleo y de los constructores ferroviarios.
En aquél cruce territorial de géneros donde podemos encontrar el Bluegrass, la música cajún de los franceses de Louisiana, las jigas y los salmos anglicanos, el Country se estabiliza y en cierto momento emerge porque en plena época discográfica encuentra una capital, Nashville, y va encontrando líderes, los primeros Hank Williams y Jimmie Rodgers.
En la mitad de la década de los ’50, cuando en Memphis todo es sucesos y el rock descubre a Elvis Presley, el Country descubrió que podría subir al mismo tren y así lo hizo con Johnny Cash. Las baladas se electrizaron, el público blanco comenzó a dejar de distinguir los confines entre los géneros, Nashville – como cuenta un el film homónimo de Robert Altman – se convirtió en la capital americana de la música llegando a registrar, en los años ’60, más de cien estudios de grabación trabajando.
Por un lado nos encontramos con el Country aceptados por todos, aquél de la Gran Ole Opry, el teatro que se había convertido en la “Scala” de este lenguaje musical, por otro lado aparecerían los “outlaws”, músicos que nada querían saber de camisas a cuadros y vida ordinaria. Cash, Willie Nelson, Kris Kistfferson, Mele Haggard y Waylong Jennings eran los líderes, seguidos de grandes vocalistas femeninas, desde Dolly Parton hasta Emmilou Haris, y de una banda, la Nitti Gritty Dirt Band, que ha desempolvados todos los viejos sucesos y los modificó a una clave moderna.
Todo esto hasta la llegada del cantante que pulverizaría todo record, Garth Brooks, un joven de Oklahoma, que representaba el riesgo de vender el Country hasta en la misma Unión Soviética, registrando la venta de más de 120 millones de discos en alrededor de 10 años de carrera (ahora es ranchero y ha colgado su guitarra de un clavo).

Juanki
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